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Me queda la sensación de que fue el momento exacto y con la cocción justa, Plan vida B es uno de esos discos a punto caramelo, la consecuencia del vértigo por transformar la vida en canciones y tener que pagar a diario el alquiler por ocupar un piso completo en la torre de la Canción. No es fácil conocer los recovecos de ese paraíso-prisión, pero no queda duda de que estos tipos pueden ser unos inquilinos ejemplares. Vivir ahí es escribir y componer sin pausa con la intuición como aliada para levantar esculturas de canción, que una vez de pie, caminan y rebotan solas por el oído social, ellos parecen saber de eso, como si hiciera falta aclararlo.
Nicolás vive en excursión permanente por el mástil guitarrero, un gentil ilusionista que durante la última década supo viajar hasta puntos inciertos sin perder una gota de identidad: esa voz, criticada y amada, canta como se le da la gana, y es su naturalismo sentimental y honesto el bate de béisbol que derriba prejuicios y proclama con postura heroica lo que piden las canciones propias y ajenas. Atento a sus compañeros, como un observador comprometido de lectura descarnada y romántica.
En las butacas paralelas a este viaje defienden y abren juego Mauricio (bajo) y Martín (batería), en la base de un power trío que suena como si tuvieran mucho road encima.
A lo largo de todo el disco el bajo de San Rufo suena virtuoso, limpio, desvía las expectativas y las cumple cuando nadie lo espera, al igual que los coros, irremediablemente naturales.
La batería es ritmo, es movimiento inconciente, como si Maisonnave fuera el encargado unánime de la primera y última palabra, la relación genuina e incondicional con el bajo cumple las funciones a la perfección y hace de eso, un ingrediente irrelevante.
Hay en este álbum una gran claridad en los instrumentos, que suenan con una conexión casi telepática, sólo al tocar juntos a lo largo de una década se puede alcanzar los fluidos cambios rítmicos de canciones como "Al revés" y "De ayer". En "La gran farsa" se da uno de los mejores momentos del disco, “quisimos ver el cielo sin antes salir a buscar el sol”, no es una mirada nostálgica, sino una afirmación del presente, acompañado de una guitarra eléctrica, filosa y lacerante.
Hay algunas ideas que atraviesan todo el álbum, "Número incierto" puede entenderse como estandarte, el tema condensa también buena parte de lo que define a esta banda que eligió bautizarse sin significado, definirse sin verbos. "Cuento perfecto", "Ciclo", "Viaje" y "Nada más" son la alternancia de superficies y planos que se hace plan, estrategia compositiva y de edición, diseño de obra, hermoso guiñe al rock and roll. "Frío" es una pieza pop que podría haber sido un hit de los ochenta. "¿no entendes que el frío es frío hasta enloquecer?", interroga el narrador a velocidad crucero, para terminar en ruegos, "llévame a donde no sos especial."
En "Al revés", Spinaci muerde la piel y bebe fuego sobre, apenas, un mantra de bajo y ruiditos caprichosos, sus metáforas componen un ensayo fragmentado sobre la noche y refieren casi siempre a un juego de seducción, dominando un paisaje que superpone explosiones eléctricas con rasgueos fogoneros y efectos inquietos. "La mentira" es uno de esos cortes en los que la letra abraza duelos de ego de un maestro de las malicias del corazón y los antídotos de la palabra: “si respirar es vivir, no necesito tu aire”.
Personalmente no creo que por mucho tiempo más sean “espera y ansiedad”. Créase o no, esto es rock argentino cosecha Siglo XXI: atrevido, conceptual e independiente.
Vuelvo de este viaje, desenchufo los auriculares, "creo que me voy a ir a despertar el día".
Ricky Túnez /
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Presentación Oficial de "Plan Vida B" en Teatro Verdi |
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Un Teatro Verdi antiguo, frió y húmedo, no es para cualquiera. Es para alguien especialmente cálido, aunque la calidez no venga de las armas sino de las canciones y de la fuerza de la interpretación. Pasadas las diez de la noche del sábado, al bajarse el telón que dejaba en claro la unión teatral, tuve la sensación de ver sobre las tablas, a tres grandes hombres que sin pedir permiso invitaron a recorrer un viaje de casi dos horas, invitaron a bailar e hicieron mover inconcientemente a más de un espectador. Yo estuve ahí, yo me senté y los mire, ir a ese show ya no era una cuenta pendiente. Solo una banda con diez años de trayectoria puede mantener el temple de un show sin perder espontaneidad y asombro, diez años no es poco, sirven para brindar seguridad y profesionalismo, más allá de toda traba circunstancial. “Señales que me invitan a compartir calor” canto en encargado de la voz, siempre sumergido entre aguas de talento y virtuosismo, no me avergüenza decir y debo confesar que durante esos tres pasos hasta la cornisa del escenario, mientras un espectador asombrado levantaba las manos, a mí, el solo de ese blues me hizo recordar, me cambio la piel. Puede haber sido una imagen cotidiana, común si se quiere, pero hay pocas cosas mas atrapantes que ver a un baterista sonreír mientras golpea y galopea en su butaca, cuidando la espalda de la banda, marcando el ritmo cómplice con un bajista serio, concentrado y aun así carismático. Termino el show, me levante de mi asiento y al saltar el cable de una cámara, un histórico de la banda me saludo y me dijo “¿y Ricky, te gusto?”, creo que fui egoísta y desabrido al responderle solamente “muy bueno”, lo palmee y me fui con la tranquilidad de que el Nono Maisonnave sabe que estuvo mucho mas que “muy bueno”. El rock volvió al Verdi en una noche para la posteridad, me queda la sensación inamovible e inquieta de saber que los próximos pasos y las melodías venideras de esta banda van a ser todavía más prometedoras, es una certeza. GNC y Cabernet quedaron atrás, estoy en condiciones de decir que Suvetar es un cuento perfecto.
Ricky Túnez /
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Son tres estatuitas pequeñas, un ejército minúsculo, esperando las manos que lo arranquen de las sombras, pero esas manos, por ahora, se afanan frías sobre las notas de "Nada más", el tema que los Suvetar eligieron para presentar su Plan vida B. Bienvenidos al mundo real de las estatuas, esta tarde voy a acercarme para halagarlos después de que hayan publicado su video, les diré que saben que cierta gente suele ser lenta para entregar sus opiniones y que tengo algo para ellos. Y Alejandro, un “negro” manso entrará a la escena con un puñado de cables que pretendiendo arreglar la pequeña falla técnica, se alineara como soldadito bueno; el escaso público aplaudirá y los Suvetar darán las gracias. La escena es perfecta y se ajusta a un guión cuidadosamente elaborado, por ahí andan los tres hombres empuñando instrumentos que indican, con letra inapelable, lo que el anfitrión de estas líneas debe decir: "que los Suvetar están listos para aportar un nuevo condimento a la música rock al interpretarla al estilo argentino, etcétera, etcétera... todo calculado". Los tipos parecen sentirse libres por estas tierras, son todo chiste y sonrisas, y caminan por la ruta como si fuera los pasillos de los camarines, rodeados por una nube de asistentes, maquilladoras y obsecuentes profesionales que esta mañana fría no existen ni en sueños. Yo sonrío, obvio. Mas tarde aparece el "Nono", supercanchero, por entre los autos saludando a todos, todos que somos pocos, llevamos puesta nuestra campera que certifica que podemos estar ahí a pesar del frió denso. Somos como un racimo de recién nacidos en el mismo día, el último que el grupo pasará sin corte de difusión y que nos encuentra relajados y mateando, la mañana se nos escurre ante nuestras miradas atentas, los ojos de tres tipos encerrados entre una ruta, una canción y una agazapada mirada femenina. No es cualquier día, hoy estos chicos recibirán, de verdad, el premio que los trajo hasta acá, a este plan de vida, a este sueño. Esta noche o mañana, o cuando se junten luego de la grabación y de dar a la luz este video de presentación van a ponerle el moño de cierre al sueño del video y quizá vayan por otro mas, y otro, y una gira a lomo de ómnibus surcando las rutas de costa a costa, y tocando casi todas las noches, y el rock y bla bla bla. "Ya estás hablando como periodista", se quejara alguno de los músicos al leer estas líneas, y tal vez tendría razón, pero si es difícil evitar el comentario mordaz sobre el "touch" esperanzado que representan los Suvetar en cada paso, desesperados por salir al sol, es imposible no reparar en la importancia de la proyección diminuta, minimalista y detallada que alcanzó esta banda y que también se refleja en este triunfo, en el de "Nada más". Es por eso que estuvimos atados a esa campera en esa ruta, perseguimos al grupo durante todo ese 10 de Julio en el frío de un camino rural y ese día termina hoy, meses después, cuando me siento en mi maquina y aprieto play, pero no para que suene la pista y ellos toquen a la par sino para que suenen y los vea ahí, donde estuvimos aquel día tocando para demostrar. Y así siempre, al menos desde que soy testigo de esta historia, y así fue también en La Colorada, y así será donde suene un acorde de Suvetar, sonrían muchachos, los estamos grabando... (Me aparto de la imagen de aquel día y vuelvo a mi puesto de trabajo, pienso en los versos de "Nada más" "ella me decía se feliz pero nunca aprendió a escuchar" canchereada y reproche al mismo tiempo, sincera tarjeta de presentación ante el viejo sueño del rock and roll).
Hay que estar listo para la tarde noche, será mejor que me apure un poco.
Ricky Túnez /
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Un poco paranoico subí al auto, no lo voy a negar, jornada laboral atrás, viernes, ruta transitada por delante a cielo abierto y un baterista al volante.
Mientras cambio la yerba e intento mantener el equilibrio entre el mate y el termo, me suena el celular (sorpresivamente no es mi novia), es un amigo que me pregunta si voy “para allá” y adjunto mecha un chiste sububurbano, que no da risa, produce mueca y me pregunto quién inventará los chistes. No los chistes que pueden salir de los libretistas de humor, los que se representan en la televisión o en el teatro de revistas sino los chistes callejeros, esos chistes cuzcos o cimarrones que parecen no tener dueño. Un amigo se jactaba de haber inventado un chiste y de haberlo puesto a circular en un cumpleaños. Al año exacto, me dijo un desconocido en otra reunión le contó su chiste, mi amigo se emocionó. ¿Pasará lo mismo con las canciones? Más allá de SADAIC y los derechos de autor, ¿no será emocionante escuchar que alguien cante una canción desconocida (para él) y que uno sea el autor? ¿No sería genial no tener que vivir de las canciones y sí vivir en las canciones? anda a saber.
Como ya dije a mi izquierda tengo a un baterista y compositor, eso no la había dicho. Su nombre es Martín Maisonnave y es uno de los fundadores de un grupo que se llama Suvetar. Desde que lo conocí, Martín me hizo conocer dos cosas: sus canciones y sus amigos. Pablo Troza, un periodista de rock, dijo una vez que lo que muestra la vigencia de un grupo es que pueda tocar los temas viejos y hacerlos sonar actuales. Suvetar también tiene eso; pienso en el genial “La Gran Farsa” o “Zen” ambos plasmados en el flamante Plan vida B, pero Martín posee un tesoro superior: conserva los mismos amigos de las épocas duras, aquella de los saltos de trabajo y de las incertidumbres vitales y psíquicas. Los que ayudan a la banda y blindan a sus integrantes para que ellos puedan hacer los estribillos de esas canciones inolvidables que te sacan el día para adelante, que aderezan el último whisky de la noche y que te convierten (sin salir de tu casa) en el héroe de tu propia retrospectiva. La canción crece en la mente de un compositor, pero se instala en el pecho de los que la escuchamos y la tarareamos, con un sentimiento eléctrico parecido al amor. Y algo de eso hay en torno de esta mesa donde estamos comiendo unas pizzas con cerveza, porque no lo dije, pero ya llegamos, sumamos la ruta en la lista de las cosas que dejamos atrás.
El lugar es la casa de Nicolás Spinaci, vocalista y única guitarra de la banda, el tipo tampoco le pone firuletes a la cosa, saca un par de envases, levanta el tubo del teléfono, pide y chau. No hay platos individuales, no hay picada para tranquilizar a las buenas conciencias. Hay pizza y cerveza ¿ok?. Y a la pizza se la cancherea como a la empanada, así, con desinterés. Mirándolo a Mauricio San Rufo, bajista, pienso que no me canso de presentarlos cada vez que escribo y que alguien tendría que plasmar un ensayo sobre estas personas a las que conozco de golpe y que, por esos misterios insondables de la empatía, al rato ya me parecen amigos desde hace mucho. Puede ser que la cerveza que tomamos me ayude. La cerveza y el hambre son la puntuación de la pizza, además de Martín, Nico y Mauri está Alejandro, un compañero de oficina fiel, aguerrido, muy mandingo. También esta Matías, amigo de la banda, que durante este fin de semana va a cumplir las funciones de anfitrión cuando bajo su asustada mirada dejemos volcar los bolsos en el living de su departamento. Y esta Mauro también, el otro de la oficina, no tan mandingo, mas recto, mas afinado, menos despeinado pero no menos pícaro y en la cabecera de la mesa se encuentra Gimena, novia del líder, que aporta todos los firuletes que le faltan a la cosa y hace que la improvisación parezca meditada. La conversación salta de temas como un disco rayado, antes de abrigarnos y bajar un par de pisos, Nicolás nos apura, a los de palo y a sus compañeros, “¿quieren ver como va quedando?”.
Finalmente nos vamos, los comensales se dispersan y sobre la vereda de los bares quedan sillas despatarradas que, al ser empujadas por el viento y amontonadas, parecen que estuvieran sosteniendo un scrum extraño. Cayó la noche profunda y vamos apiñados en el auto. Estamos atravesando calles, pienso en las canciones, en mis amigos que también viven esto de “salir a tocar” y que tanto les gusta, en las personas que amamos, en los pinches tiranos. Si las enumero, como un tanguero estelar, me doy cuenta de que son demasiadas pocas cosas, pero centrales.
Doce horas más tarde, después de hacer noche y guardar anécdotas que solo se revelaran en la intimidad, ya consumada la conquista interior, con un puñado de melodías instaladas entre los tres y con un invitado colectivo, el grupo se interna unas horas en la sala de ensayo para afinar la mira. Los músicos toman mate, charlan, caminan. No han ensayado juntos más de 4 veces en lo que va del mes, pero hay algo en ellos que funciona naturalmente, no necesitan palabras, terminan el único termo existente y sin decir nada agarran los instrumentos y se ponen a tocar.
Por ahora en esta sala, y por esta noche, sobre las tablas predominara el enfoque poderoso y la cosecha reciente. De cualquier modo tanto antes como ahora el repertorio de Suvetar rinde tributo con herramientas nobles (guitarras políglotas, estribillos masivos, bajos sofisticados y austeros, y un baterista que no se permite excesos), a los santos patronos de la canción de todos los tiempos.
Creo haber dicho antes que los recuerdos de este fin de semana se desempolvaran con el tiempo, cuando alguien rompa el hielo y rememore, jamas antes. Seguimos apiñados en el auto que nos trajo hasta acá y que ahora nos lleva hasta Caballito, La Colorada Bar nos espera, a mi, a mis amigos, a los músicos.
Voy pensando que llevo y traigo conmigo fotografías sin revelar, las fotos, a su vez, no solo se me arman a mi en la mente de manera imaginativa sino que también las tomo de puntos geográficos reales que nos empujan a la tierra: Carlos Casares, calle Chacabuco, el Teatro Verdi, filmacion de Nada Mas, este bar y la lista sigue. Me gusta ubicar las sensaciones, los lugares aparecen en mí porque ponen en el plano terrenal el mundo de las sensaciones y eso hace que me pierda menos. Las frases etéreas me angustian, me gustan. Y todo lo que veo lo narro.
Salen al escenario y ahí están, mirando por lo menos una vez a los ojos de cada uno de los que fuimos testigos de este viaje.
Ricky Túnez /
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Acceder a la intimidad de una sala de ensayo es un privilegio, entrar, mirar y cronicar el encuentro cercano de una banda en el momento de su reunión es un privilegio extraño: es la oportunidad de ponerle el termómetro a la delicada relación entre personas con una historia común, más allá de la efervescente repercusión entre ellos...es el turno de los Suvetar, como y para siempre, una vez más. La eficacia del mecanísmo se replica: comprobar la química del grupo en pleno trabajo conjunto y ver a los tres integrantes bromeando. Cualquier escepticismo contrasta con el entusiasmo, leer para creer.
Mas adelante, cuando el salame oriental haya hecho efecto y sea el hombre mas amable de la tierra, Mauricio se levantara de la silla y dirá: -¿vamos?-, se ira hasta el dormitorio y tardara unos segundos y volverá convertido en él, en concentración. Un cuerpo de hombre, una mirada seria y yo, cronista de turno, no puedo mirarlo de frente, ni a él ni a los otros Suvetar. No se por que hacen esto, supongo que hay gente que cambia de piel a pesar suyo, que pueden estar sentados en una ronda amigable y distendida, pararse a cuento de nada, desaparecer, y volver transformados en otros, en ellos, pero en otros. En otros tipos listos para hacer y ser rock.
Creo que lo que triunfa en este momento con estos tipos es la idea de grupo humano, tuvieron muchos años sobrevalorando las individualidades y creo que eso hizo que depositaran fe en el individuo exterior y se olvidaran de esa cosa cooperativa y tribal que es el grupo humano, que tiene muchísimo más poder que el individuo en sí mismo y el triunfo de este Suvetar underground es el triunfo de un grupo humano, es lo que a mí me hace sentir orgulloso.
La banda está lista para partir, ya tuvimos suficiente en Sira: por la noche los chicos tocaron en el marco de “teloneros”, rodeados de tipos con onda y ropa tricolor, a ellos no les pidan que se porten cool, no les metan tensión, (no imagino ni en sueños a ese líder untándose manteca de maní en el pecho en el marco de un publico teen), los Suvetar se suben a rockear, ellos son otra cosa, libertad, creación, amistades, música, recitales, bacanales, arrabales. El amor a la música, entre otras cosas, es el disolvente del caos, es el amor o saltar de un tren en movimiento y hay que tener madera para cualquiera de las dos cosas.
Y mientras la trasnoche se deshace, para algunos, entre las choperas, los músicos me consultan sobre como sonaron, les respondo que se queden tranquilos, que estuvo impecable, dos o tres problemas de volumen, nada preocupante. Los samplers sonaron elegantes, a la altura del conflicto.
A la salida del bar "Manindgo" no puede con su genio, y su cámara vuelve para molestarnos, en la vereda vuelca el vaso y derrama toda su filosofía: “después de la medianoche todas las chicas son Cameron Díaz”, pide foto con dos pilares que esperan un milagro, "Mandingo" Sayavedra concede, la vida cuando quiere garpa.
Nos aguarda la vuelta a descansar y medio día de viaje hasta ciudad natal. Es un largo camino desde Capital y siento algo de lástima por algunas disconformidades grupales, pero se me pasa cuando paramos a almorzar, plena Ruta 5, caricias de asfalto. El baterista y chofer del auto prestado y yo coincidimos en la heladera de los sándwiches del autoservicio, el hombre sonríe desde el alma. Pero le falta para convencerme de que esta satisfecho con lo de anoche. Se va con una hamburguesa inmensa y se sienta en una mesa cerca del bajista que tampoco luce esplendido como debería, caigo en la lógica cuenta de que unos kilómetros mas atrás, en algún departamento porteño, el guitarrista de la banda saborea el mismo trago que estos dos. La amistad es más elegante y sabia que el amor, nadie pregunta a que hora volviste anoche.
Yo los sigo imaginando desmayados en la cama, a la una de la tarde, con la sonrisa del triunfo estampada en la cara, el teléfono sonando inútil, un desorden de sábanas y billetes y yo, en un rincón, zapatillas sin acordonar y libreta anotador en mano para contarlo. El under es solo fronteras sin cruzar. Larga vida al sueño del rock star.
Pero hoy lo más apasionante de la música es todo lo que todavía no les sucedió, las involuntarias consecuencias de las decisiones que toman y los instrumentos que tienen a mano que evolucionan rápidamente. Pero mucho después de que esos instrumentos dejen de funcionar vamos a seguir nesecitando de la música, y de alguien que nos la acerque, aunque sea sólo un estribillo y un golpeteo marcando el ritmo. En mi universo, nunca hubo nada que la música no pueda arreglar o sanar. Hace poco, unas pocas horas, cuando sonaron los últimos acordes de Numero Incierto, las estrofas de la canción tomaban forma de despedida. Y cuando terminaron yo me sentía mucho más contento que antes, esperando que estén ahí, cuando llegue.
¿La música en medio de una encrucijada mientras yo y mis amigos nos chocamos contra nuestros propios límites? Sólo así es como me gusta.
Ricky Túnez /
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